Reflexión con motivo del 8 de marzo
Hay desigualdades que se construyen con violencia visible y otras que se construyen en silencio, sin ruido, sin que nadie se dé cuenta del todo. Durante siglos, una de ellas se ha escrito en algo tan cotidiano como un apellido.
Cada 8 de marzo recordamos la larga lucha por la igualdad de las mujeres. Pensamos en derechos políticos, en acceso a la educación, en el trabajo, en la autonomía económica. Y sin duda, todos esos elementos han sido decisivos. Pero si miramos la historia desde una perspectiva sociológica sistémica, descubrimos que la desigualdad también se ha sostenido en mecanismos simbólicos profundamente arraigados, tan cotidianos que han parecido naturales. Uno de ellos ha sido el apellido.
El apellido como estructura de poder simbólico.
Durante siglos, en muchas sociedades, cuando una mujer se casaba ocurría algo que parecía simple: dejaba de usar su apellido para adoptar el del marido. Aún hoy sigue siendo habitual en países como Estados Unidos, Reino Unido o Alemania. A primera vista, podría parecer un gesto administrativo, pero no lo era.
Un apellido es mucho más que una identificación personal escrita en un documento. Un apellido es una raíz, la marca de pertenencia a una historia familiar. Es la señal que une a una persona con quienes la precedieron. Es la memoria de un linaje.
Cuando una mujer abandonaba su apellido al casarse, se producía un desplazamiento dentro del sistema social y su identidad pasaba a integrarse simbólicamente en el sistema familiar del marido. El linaje que permanecía visible era el masculino.
Durante siglos, gran parte de las sociedades occidentales se han organizado en torno a estructuras patrilineales: el apellido, el patrimonio, el estatus social y la memoria familiar se transmitían por línea masculina. La mujer formaba parte del sistema pero no lo representaba.
La silenciosa desaparición de los linajes femeninos.
Ese mecanismo ha producido algo que hoy, al mirar atrás, resulta profundamente conmovedor, pues la historia está llena de mujeres cuyo rastro genealógico se pierde. En muchos árboles familiares existe una escena repetida una y otra vez: los apellidos de los hombres atraviesan generaciones intactos, aparecen en documentos, propiedades, títulos, genealogías, pero los de las mujeres se desvanecen rápidamente. Cada generación borraba un apellido femenino. Y, con ese gesto, desaparecía también una parte de su historia.
Tantas mujeres que educaron generaciones enteras, que sostuvieron hogares, comunidades y culturas, que transmitieron valores, resiliencia, amor y conocimiento y, sin embargo, muchas veces su linaje no ha permanecido visible. Su nombre apareció una vez y después desapareció de la cadena de la memoria.
Los sistemas sociales se organizan mediante símbolos que indican quién pertenece, quién representa al grupo y quién transmite su continuidad. El apellido ha venido siendo uno de esos símbolos . Su identidad social no representaba su propio linaje, sino su vínculo con el sistema masculino.
La historia ofrece ejemplos muy reveladores de esta estructura. Durante siglos, en Europa, los títulos nobiliarios, las propiedades y la continuidad de las casas familiares se transmitían casi exclusivamente por línea masculina. Incluso mujeres de altísimo rango social perdían el nombre de su casa familiar al casarse, integrándose en la del marido.
En el ámbito científico encontramos un caso revelador: la gran Marie Curie es conocida universalmente con el apellido de su marido, Pierre Curie. Sin embargo, su apellido original era Skłodowska. Hoy muchas instituciones la nombran como Marie Skłodowska-Curie.. como un intento de devolverle públicamente una parte de su identidad genealógica.
Sistemas sociales que moldean la desigualdad.
La desigualdad entre hombres y mujeres no se construyó únicamente mediante leyes discriminatorias. También se sostuvo mediante estructuras simbólicas repetidas durante generaciones. Cuando un sistema social transmite constantemente que el linaje pertenece al hombre, que el apellido lo representa el hombre y que la memoria familiar se conserva en el nombre del hombre, termina generando la idea implícita de que el hombre es el eje visible de continuidad del sistema. La mujer participa, sostiene, cuida, educa, transmite vida… pero el sistema no la señala como representante de su permanencia. Estos mecanismos son difíciles de percibir precisamente porque se integran en la normalidad cotidiana pero, sin embargo, moldean profundamente las estructuras sociales.
El caso español: igualdad formal, memoria cultural y el lugar sistémico de la mujer.
España posee una singularidad jurídica que, a primera vista, parece adelantada a su tiempo. A diferencia de muchos países occidentales, aquí la mujer no pierde su apellido al casarse. Cada persona conserva sus dos apellidos —uno del padre y otro de la madre— y los transmite a sus hijos. Desde 2017, incluso el orden puede decidirse libremente. En términos formales, este sistema parece expresar una idea profunda de equilibrio: dos linajes, dos memorias familiares, dos historias que permanecen visibles.
Sin embargo, cuando miramos la realidad social con ojos sociológicos y sistémicos, aparece una pregunta incómoda: ¿basta la igualdad jurídica para transformar un sistema cultural construido durante siglos? La respuesta, muchas veces, es no. Porque los sistemas sociales no cambian sólo cuando cambian las leyes, sino que cambian cuando se transforman también los símbolos, los gestos cotidianos, las formas en que una sociedad se nombra a sí misma.
Durante generaciones en España ha existido una práctica profundamente arraigada: muchas mujeres se presentaban socialmente como “Señora de…”, seguido del apellido del marido (“María García, señora de López” o “Carmen Ruíz, de Navarro”) . A primera vista podría parecer una simple fórmula de cortesía o una tradición social sin mayor trascendencia. Pero desde una mirada sistémica, en esa expresión, la identidad de la mujer se formula en relación con el hombre. Su nombre propio queda acompañado —y en ocasiones eclipsado— por el apellido del marido.
El mensaje simbólico es sutil, pero poderoso: el hombre representa el linaje visible y la mujer aparece vinculada al sistema del marido. Aunque jurídicamente ella conserve su apellido, culturalmente el sistema sigue señalando otro centro. Este fenómeno revela algo esencial sobre cómo funcionan los sistemas sociales: no se sostienen solamente mediante normas legales, sino también mediante hábitos culturales profundamente interiorizados, en gestos repetidos durante generaciones hasta convertirse en algo aparentemente natural.
Durante gran parte de su historia moderna, España fue una sociedad organizada en torno a estructuras patriarcales muy claras. No se trataba solo de costumbres: también existían normas jurídicas que reflejaban esa jerarquía. Hasta 1975 el Código Civil contemplaba la llamada licencia marital. Una mujer casada necesitaba autorización de su marido para realizar determinadas actividades jurídicas o económicas: firmar contratos, abrir cuentas bancarias, trabajar en algunos ámbitos. No hace tanto tiempo de eso, hablamos de hace apenas unas décadas. Este tipo de normas transmitían un mensaje estructural: el hombre representaba la autoridad y la capacidad de decisión dentro del sistema familiar.
Cuando las leyes cambiaron —y afortunadamente cambiaron— el sistema jurídico comenzó a transformarse, pero las estructuras simbólicas no desaparecen de un día para otro y siguen viviendo en los gestos, en el lenguaje, en las expectativas que las generaciones heredan sin darse cuenta. Los sistemas sociales transmiten los roles mediante las leyes, las instituciones y los símbolos culturales. El apellido pertenece a este tercer nivel. La forma de nombrarse, de presentarse, de designar a una persona dentro de un sistema familiar o social contiene información sobre qué lugar ocupa cada uno dentro del sistema.
Cuando durante generaciones una sociedad transmite que el hombre representa el apellido familiar, que es el jefe de la casa y que la mujer pertenece al sistema del marido, se configura una estructura simbólica que organiza las posiciones dentro del sistema familiar. Estas estructuras no determinan automáticamente el comportamiento de las personas. pero sí influyen profundamente en cómo una sociedad percibe el poder, la autoridad y el reconocimiento.
Un homenaje en el 8 de marzo
El 8M es una fecha para celebrar avances legales y políticos, pero también debería ser un momento para mirar hacia atrás y reconocer los sistemas sociales y culturales que hemos heredado, y para comprender que muchas desigualdades se han sostenido con normas injustas y también con gestos o símbolos, aparentemente pequeños, que han venido organizando nuestra sociedad: los nombres, los apellidos y las formas de nombrar y nombrarse. Nombrar es reconocer, es dar lugar en la historia y decidir quién permanece visible en la memoria colectiva.
Y quizás, cuando una sociedad cambia la forma en que nombra a las mujeres que la han sostenido durante generaciones, ocurre algo profundamente transformador: empieza a cambiar también el sistema.
